(...) Las historias son rara vez fieles a aquello que aparentan historiar, por lo menos en un sentido cuantitativo: la palabra, dicha o escrita, es una realidad en sí misma que trastoca aquello que supuestamente transmite, y la memoria es tramposa, selectiva, parcial. Sus vacíos, por lo general deliberados, los rellena la imaginación: no hay historias sin elementos añadidos. Estos no son jamás gratuitos, casuales: se hallan gobernados por esa extraña fuerza que no es lógica de la razón sino de la oscura sinrazón. Inventar no es, a menudo, otra cosa que tomarse ciertos desquites con la vida que nos cuesta vivir, perfeccionándola o envileciéndola de acuerdo a nuestros apetitos o a nuestro rencor; es rehacer la experiencia, rectificar la historia real en la dirección que nuestros deseos frustrados, nuestros sueños rotos, nuestra alegría o nuestra cólera reclaman. En este sentido, ese arte de mentir que es el del cuento es, también, asombrosamente, el de comunicar una recóndita verdad humana. En su indiscernible mezcla de cosas ciertas y fraguadas, de experiencias vividas e imaginarias, el cuento es una de las escasas formas capaz de expresar esa unidad que es el hombre que vive y el que sueña, el de la realidad y el de los deseos.
"El criterio de la verdad es haberla fabricado". Gianbatista Vico. (...)
Mario Vargas Llosa. Marzo de 1980.
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